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Feminismo radical II

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Feminismo radical II

Feminismo radical

http://www.telemadrid.es/ 31-10-2012

La discriminación positiva es una trampa lingüística diseñada por el feminismo radical para justificar la desigualdad y recogida por el mismísimo Diccionario de la Academia. Edulcora un sustantivo que da miedo con un adjetivo  eufemístico. Algo similar a lo que ocurre con la igualmente absurda pero no malintencionada expresión envidia sana. La discriminación positiva de algunos discrimina tradicionalmente al resto de la población. Suponiendo que la positiva sea bienintencionada en ocasiones, plantea el problema metodológico de a qué grupos aplicársela. ¿Quién selecciona a quién favorecer y, por contraste, a quién desfavorecer? La perspectiva da miedo. Podríamos reformular así la parábola de Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque yo no lo era. Luego apresaron a unos curas pero, como yo no soy religioso, tampoco me importó. Después detuvieron a los varones, pero a mí no me importó porque yo no soy varón. Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde”. Esta reflexión tardía podría hacerla un miembro de cualquier otro colectivo: personas no feministas, homosexuales, grupos políticos, minorías étnicas…

El Sistema feminista es incapaz de proteger a las mujeres y lo oculta con redadas masivas de varones y tribunales especiales para juzgar sólo a éstos: los famosos tribunales de Violencia contra la Mujer, que como su nombre anuncia sin rubor no protegen ni a los niños ni a los hombres. Hemos abierto la veda contra la mitad de la población. Esto ya estaba inventado: el franquismo instituyó en 1963 el Tribunal de Orden Público, dedicado en exclusiva a reprimir los delitos políticos. Los nazis juzgaban a los judíos con las leyes específicas de la Volksgemeinschaft, una sociedad con dos categorías en la segunda de las cuales estaban los judíos,  los gitanos y los discapacitados físicos y psíquicos. La costumbre de despojar de derechos a algunos colectivos es muy peligrosa, pero en España no aprendemos de la historia. Nuestros varones ya no gozan del derecho fundamental a la presunción de inocencia.

Cada año leemos cuántas mujeres han sido asesinadas por sus parejas masculinas y obviamos los casos contrarios. Que los homosexuales y las lesbianas se maten no importa, porque el régimen feminista realmente no intenta salvar a nadie, sino enfrentar a los dos géneros. Pero hablando estrictamente, el Sistema no oculta las muertes de ellos. Realmente, y por mor de la terminología, los hombres muertos por violencia de género no existen. La Ley Integral, diseñada como las normas hitlerianas solamente para una parte de la población, discrimina entre asesinados: sólo les otorga el paraguas del género a las mujeres muertas por sus parejas. Una chica a la que un extraño someta a un crimen machista tan repugnante como una violación no es víctima de  violencia de género. Los niños muertos por sus padres tampoco cuentan en las estadísticas que determinan cómo se reparten el dinero las asociaciones feministas que cobran por número de denuncias conseguidas, lo que convierte el lenguaje en dinero. En cuanto a los asesinatos de hombres, el Sistema maquilla lingüísticamente hasta sus cadáveres. Al varón asesinado por su mujer le aplica la frase condenatoriaalgo habrá hecho, la misma que utilizaba el franquismo con las asesinadas, en un nuevo paralelismo entre feminismo y machismo.

La neolengua de Orwell, en la España de 2012.
Las cifras de suicidas masculinos se dispararon en España desde que en 2005 se popularizó el café para todas de los divorcios por la vía penal, que arruinan a la mayoría de los hombres y llevan a la cárcel a un número de inocentes que nunca conoceremos. En 2006 el dato del estado civil desapareció de las estadísticas, así que los hombres en trámites de separación que se quitaban la vida se evaporaron. Stalin borró de las fotos oficiales a un Trotsky caído en desgracia que pasó anunca haber existido, pero en esta ocasión eso les ha ocurrido a muchos miles de personas y, teóricamente, en una democracia. También borró realidades la neolengua de la novela 1984 de Orwell, con la que un gobierno totalitario  retorcía las palabras basándose en que lo que no forma parte de la lengua no puede ser pensado. Por eso no existe el término hembrismo. Sí conocemos cifras de suicidios que provienen del propio régimen feminista, en concreto del Instituto Nacional de Estadística. Setenta y ocho de cada cien personas que se suicidaron en España en 2010 eran hombres.
En la novela 1984, el ministerio que reescribe la historia para falsearla se llama ministerio de la Verdad. En pleno año 2010,  el ministerio de la Mujer de la democracia española se llamabaministerio de Igualdad.

@rafaelcerro

BIBLIOGRAFÍA:
Las mujeres que no amaban a los hombres. Diego de los Santos. Editorial Almuzara, 2010.

Fuente: http://www.telemadrid.es/blogs/post/feminismo-radical-ii

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